El cuento en cuestión es muy especial, pues fue escrito hace ya 3 años para la última actuación de mi persona junto a la compañía del Gentleman y de Beckelar, histórica última actuación de las compañías "Ataraxia" y "El Sueño"... (¿Y si en vez de a los Led Zeppelin, a los promotores les diera por reunir a lo bueno DE VERDAD? jejeje). Desde aquel estreno, hasta hoy, para ustedes:
TUAREG
“Hace mucho, mucho, pero muchísimo tiempo… cuando hasta por no existir, no existía ni la nada, y todo estaba por crear, la gran Pachamama –deslumbrante, porque estaba recién estrenada- reunió ante sí a los grandes dioses que regirían como árbitros de sus más preciadas criaturas, y les dijo:
- Tenéis 3 días para crear vuestros propios pueblos. Os he asignado ciertas zonas de Gaia a cada uno, así que, si atendéis bien, deberíais poder crear vuestros Hombres perfectamente acoplados y adecuados a la zona en que vivirán, y si les hacéis prosperar, prosperarán en el culto a vosotros.
Y resultó que lo primero que hicieron los dioses fue celebrar que ahora por fin se les asignaba un pueblo, pues hasta entonces su eterna vida pasaba por debatir entre ellos todos sus principios y valores, como si de una inacabable tertulia se tratase.
Y su fiesta duró 2 días y medio. Se lo merecían, dijeron.
Algunos fueron muy hábiles, y en ese medio día restante, crearon pueblos más que dignos para la poca atención que se les había prestado; pero la verdad es que, en general, todos quedaron algo “chapuceros”.
La Pachamama se indignó un tanto al ver que los dioses habían empleado tan mal el tiempo, y supo que todo ello le acabaría costando algún disgusto.
Pero, sobre todo, se sorprendió al ver lo desatendido del pueblo que iba a vivir en una de las zonas de Gaia, y le dijo a Alá:
- ¿Tú no eras el responsable de esta zona de lo que se llamará África?
- ¡Uy! Es verdad, se me había pasado…- Y al ver como la Pachamama le señalaba el desierto del Sahara, y que por su descuido habían instalado allí la creación de un pueblo, se sonrojó avergonzado.
- Es quee… se me vino el tiempo encima y …- Alá había emplazado a una parte del pueblo bereber que acababa de crear en pleno desierto del Sahara, pero la Pachamama, que siempre vela por los hombres, le corrigió y dijo:
-Entonces yo les haré nómadas, y siempre estarán buscando el agua con la que subsisitir.
Sí, he visto tu incompetencia y la de tus compañeros, pero no sufras ahora por tu pueblo. Cada cierto tiempo les daré agua, sólo tendrán que buscarla ya que nunca estará en el mismo lugar del desierto…”
…
Así acabó la historia que el anciano les contaba a unos jóvenes justo antes de que aquel pueblo Tuareg levantara el campamento para trasladarse a otra zona del Sahara huyendo de las tormentas de arena y buscando nuevas fuentes de agua.
Pero uno de los jóvenes más impetuosos, preguntó:
- Anciano, aún no nos has contado el porqué nos llamamos así, y vestimos estos colores… Si dices que en realidad somos bereberes como nuestros hermanos del Norte…
- Veo que llevas pura sangre Tuareg en tus venas, muchacho… - rió el anciano – te lo explicaré:
“… El descuido de Alá hizo que la primera generación nacida de nuestro pueblo, no tuviera vestimenta que les diferenciase o distinguiese de otros pueblos, ni un nombre por el que se les pudiera reconocer en cualquier lugar.
Así, vestían ropas blancas, y pasaban por ser unos bereberes más, aunque nómadas y dedicados a pastorear el desierto a lomos de sus camellos y caballos.
Pero hubo un joven como tú, tan impetuosos, al que esta situación no le agradaba, y que quiso acabar con esta situación. Se llamaba Tuareg, que significa “Hijo del Desierto”.
El joven le pidió permiso al Consejo de ancianos del poblado, y se ofreció a partir en busca de un atuendo y un nombre únicos, diferenciadores y dignos para su pueblo, y se comprometió a no volver hasta encontrarlo.
El consejo le concedió su deseo, agradeciendo al joven el empeño en el futuro de su gente.
Y así, Tuareg se encaminó a las profundidades del desierto, se despojó de sus blancas vestimentas, y, desnudo, se dispuso a contactar con la gran madre tierra, con Gaia, con la voz de la Pachamama.
Tras 40 días y 40 noches sin beber ni comer, consiguió hablar con la gran madre. Le dijo que se presentaba ante ella como representante de un pueblo que era consciente del “pequeño” error cometido por Alá, pero que no estaban enfadados, sino que sólo esperaban que pudiera solucionarse.
La gran madre comprendía el problema, pero le dijo que ya era demasiado tarde para que ella pudiera hacer nada. Gaia y sus pueblos ya habían sido creados, y nada podía dar marcha atrás, pues si no, cualquier persona pensaría en pedirle solución a sus problemas, en vez de afrontarlos.
No obstante, conmovida por el valor y respeto mostrados por Tuareg, y sobre todo por haber sido testigo directa del “descuido” de Alá, Pachamama le dijo:
- De todos modos, a lo mejor algún espacio o parte de Gaia os cede parte de su vestimenta…
Eso fue lo que inspiró y dio fuerzas a Tuareg a continuar su búsqueda, pese al cercano temor a un fracaso en su empresa.
Y así fue como comenzó su periplo en busca del atuendo definitivo y un nombre para su gente, empezando por su misma casa: el desierto.
Desnudo como estaba, Tuareg anduvo y anduvo por las arenas del desierto hasta descender a su mismo centro, una especie de valle rodeado de dunas, y le pidió al desierto:
- Gran desierto, hogar en que vivimos, inmensidad que respetamos, dime ¿serás nuestra vestimenta y nuestro nombre?
- ¡Nunca, pequeño! – Resonó en las dunas la árida y áspera voz del desierto…
- Pero… entiende que mi pueblo vive si un nombre ni atuendo, ¡y somos tus más importantes moradores!
- ¿Ah sí? ¿Y porqué os creéis más importantes que las víboras, los camellos, los escorpiones, o todos los seres que también viven aquí?... Y con ellos no recuerdo haber tenido ningún tipo de trato especial…
- Vaya, pensé que te apiadarías de nosotros… Al fin y al cabo, no eres precisamente una verde pradera donde se vive plácidamente.
-Por supuesto que no, pero yo no pedí que viviérais aquí, y para recordároslo os cubro de arena de vez en cuando… Y no os quejéis más de mis preciosos granos de arena, porque no son hierba, cierto, pero si queréis los junto todos formando roca; y veréis si es mejor o peor vivir sobre piedras…- sentenció duramente el desierto, dejando desanimado a Tuareg.
Pero el joven no se rindió, y siguió caminando. Llegó al extremo occidental del desierto, allí donde el Sahara conoce el Océano, y al romper una ola, dijo Tuareg:
- Señora de los océanos… tú que distribuyes la tierra, y tus olas llevan nuestros anhelos… Tus hijos del desierto te piden unas pocas gotas vuestras, que con tu sal nos den un nombre y con su color un atuendo.
- Pero eso me es imposible, joven –clamó rotunda la mar arromper otra ola. – lo siento mucho, pero bastante tengo ya con todas mis hermanas, ahora que nos hemos separado las siete, como para estar pendientes de darte a ti o a tu pueblo, unas ropas o qué sé yo. Como comprenderás, no puedo. Además, tú no vives en mí, ¿qué derecho tienes a pedirme nada? Lo siento.
Otra vez asomó por el rostro de Tuareg la desilusión. Pero decidido a cumplir su promesa, se encaminó hacia la cumbre de la duna más alta del desierto. Allí, esperó a que amaneciera, y rogó:
- Oh, cielo del amanecer, tú que despiertas a la humanidad y con tus tonos azules y amarillos embriagas nuestra vista… Cedednos parte de vuestros colores como vestimenta, y cada amanecer os lo agradeceremos llevando vuestro nombre allí por donde vayamos.
Y dijo el cielo del amanecer:
-Suena bien, muchacho… sólo que mi color tiene un precio, y no sé si podrás pagarlo.
-¿Y cual es ese precio?
- Oro. Oro reluciente como el que aparece en mí, como ese color que dices que os embriaga al despertar… Si me das esa proporción de oro, os cederé gustoso mis colores…
- Pero mi pueblo es pobre, y no podremos pagarte con oro… me temo que no nos podrás ayudar.
Y así, Tuareg, infatigable e incansable, fue dando sus últimas fuerzas de una vida que ya se consumía, en rogarle a los cielos sus colores.
Y resultó que el cielo del mediodía, un azul claro limpio, brillante y resplandeciente, pidió a cambio de su color y su nombre, aquello que lograba que una vida pudiera brillar igual: el alma.
Tuareg no se la pudo conceder, porque por más bello que fuera el vestido de su pueblo si lo hacía, sin alma su gente sí que jamás podría subsistir.
Al ir a preguntarle al hermoso cielo del anochecer, Tuareg, muy debilitado ya, comenzaba a flaquear en su esfuerzo… Y el anochecer, languidecido y mortecino, le pedía a cambio de sus oscuros azules, de sus rojos y morados colores, todo aquello que le haría apagarse y languidecer a él: su sangre, su vida.
Tuareg le dijo al anochecer que gustoso se dejaba llevar y se la cedía, pero entonces sería imposible que nadie le anunciara a su pueblo la buena noticia. Él no era nadie, no era tan importante como para ser el precio de su pueblo.
Y así, triste por haber fallado en su propósito, y haber fracasado, sabiéndose ya sin fuerzas y apunto de ser llevado por la muerte tras tanto desgaste, se dejó caer por la duna…
Pero al caer, tumbado y esperando ya su final, escuchó una voz que le llamaba “Tuareg” “Tuareg” “Despierta muchacho” Abrió los ojos levemente, y allí estaba… La gran Luna, llena y resplandeciente, que así le hablaba:
-Joven y valeroso muchacho… he visto cómo mis 3 envidiosos hermanos te negaban sus atributos si no les pagabas por ello. A mí me condenaron a poder salir llena sólo un tiempo cuatro veces menor del que querría, si quería que a cambio su luz pudiera acumularla para brillar.
He visto a tu pueblo sin nombre y sin atuendo, y he decidido apiadarme de vosotros. Y os cederé mis tonos, pero un nombre no puedo daros…
-¿Y no pides nada a cambio?
- Claro, no es justo que donde mi color es más vivo, que allí donde más cerca estoy de la tierra cuando luzco llena sea el desierto y que el único pueblo que viva allí, no tenga vestimenta propia…”
Y así es como cuentan generación tras generación, que fue como Tuareg llegó a sus gentes, recuperado su ánimo y su fuerza, con unas preciosas prendas bañadas en un azul tan enigmático como sólo puede encontrarse alrededor del resplandeciente brillo de la luna llena en el desierto… Ese azul que la rodea es desde entonces el atuendo del pueblo que se llama Tuareg en honor a a aquel joven que con su valor, cariño y respeto, les dio también su nombre…
Ese joven, que en agradecimiento, y hasta que murió, estuvo subiendo a la luna a hacerla compañía las noches que no salía completa, y dicen que desde entonces, a la luna ya no le apena no brillar todas las noches llena…”

Y esa fue la segunda historia que contó el anciano, quien como supo luego el joven que escuchaba las historias, era el hijo de Tuareg. Ese hijo que Tuareg presentó un día en el campamento, sin que se supiera quién era la madre."
F I N
Bueno, pues espero que les haya gustado. Si se pasaran por los comentarios a decir todo lo que se les ocurra,en este caso, sería muy especial para un servidor y se lo agradecería mucho.
Hasta más ver, amigos de lo ecléctico.







